Pena me da de enseñaros mis marineros de Reamsa. Tremendamente deteriorados, como se ve, tanto en la pintura que les falta, como en el hecho de que por mi parte me cuidé de recortarles las armas, la bandera a su portador, el sable a su aguerrido capitán... Yo era un crío bastante destrozón con sus juguetes. Con ellos jugué a incontables batallas. Pero ¿cómo si lo que hacían era desfilar? Sencillamente a través de la imaginación. Decapitados algunos, desarmados todos, sin nada de color en sus rostros aún orgullosos, estos soldaditos suponen para mí un recuerdo imborrable de cientos de tardes frente al televisor. Los había blancos también, y hace unos días me encontré uno de estos, pero del otro color como he dicho, intacto, en un mercadillo. Me pedían por él ocho euros. No me lo compré, lo mismo que nunca abandonaría a estos pequeños camaradas.
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